Alberto desató el nudo de su corbata y lo hizo de nuevo.
Esta vez lo apretó un poco más, hasta sentirlo cerca de su garganta.
Con parsimonia abotonó los gemelos de su impecable camisa blanca, y adjuntó el terno.
Se inspeccionó los zapatos, y pasando frente al espejo de la sala, juntó los 4 dedos de su mano derecha y los deslizó por su cabello, confiriendo que estuviera perfecto.
Impecable. Estaba impecable.
Tomó el maletín de cuero negro que se encontraba sobre el escritorio, y girando sus talones sin dilaciones salió de la casa.
Lloviznaba apenas, pero éso no suscitó en Alberto ninguna duda, y con paso raudo y elegante, como todo él, se dirigió al coche y arrancó.
Concentrado en sus pensamientos casi ni veía lo que pasaba a su alrededor.
Tenía que alcanzarla.
Tenía que encontrarla.
Debía decirle todo aquello que quemaba su cerebro y su garganta desde hacía mucho tiempo.
Tanto tiempo que ahora pugnaba por salir. Reventaba sus sienes y quemaba sus ojos por volverse de pensamiento, hecho, y la ansiedad casi no le dejaba razonar.
Tal era el fuego y el frenesí por poner las cosas en claro.
Siguió conduciendo hasta llegar a la vía Vénetto.
Giró a la izquierda y se topó con aquel edificio vetusto y poco acondicionado que casi nadie veía.
Descendió del coche y subió al ascensor.
Uno, dos, tres. Los pisos parecían deslizarse bajo sus pies, pero no llegaba nunca, nunca ...
Finalmente atizbó por la puerta de goznes romboidales el pasillo inmaculado.
Salió de allí. Alcanzó la puerta.
323, rezaba en bronce bruñido sobre el lustrado nogal.
Golpeó suavemente y esperó.
La puerta giró sobre sus goznes y una figura pálida le hizo ademán para que pasara.
Perdió la compostura. Casi pierde el equilibro.
Siempre le acontecía con ella.
Era inevitable.
Y después de tantos planes y replanes, se quedó sin palabras.
Qué le diría ahora?
Qué era lo que iba a decirle ?
Cómo era ..?
Ella apenas lo miró y el se olvidó de todo.
Sólo sabía que ella estaba allí y que necesitaba abrazarla, besarla, decirle cuánto la amaba y la necesitaba.
Pero no dijo nada.
Sólo la arrimó a su cuerpo y la apretó fuerte, muy fuerte.
Bentancor Conde, María.