
Pasado el primer tercio del año, el invierno estaba de bienvenida en los valles andinos; de bienvenida, porque los niños lo esperábamos con ansias, como al tío viejo cuando llega de otros pueblos trayendo ujguetes y contando maravillas. No sonará el bullicio callejero, ni circularán perfumes de viñedos por el aire, ni pasarán alegres bandadas de aves asentándose a cantar sobre cada huerta de la villa, ni las nubes darán representaciones fantásticas sobre los picos del Famatina: los pájaros cantores buscan el calor del nido fabricado en la estación benigna, cuando todos los obreros trabajan al son de sus músicas, estimulados por las promesas del amor; las eminentes cumbres de la montaña fabulosa sólo aparecen rara vez al mediodía, como descubriéndose para absorver un rayo de sol; las nieblas permanentes, densas, casi inmóviles, las ocultan por largo tiempo a la contemplación del valle.
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Sobre los deshojados sarmientos, o entre los gajos de los duraznos y los manzanos desnudos, y aún debajo de las bóvedas formadas por los arbustos tupidos, encontrábamos grupos de pajarillos, de palomas llantas y torcaces, acurrucados en apretados racimos, como queriendo abrigarse y comunicarse unos a otros un resto de calor de sus miembros ateridos, tiritando, piando casi en secreto y metiendo la cabeza debajo de las alas; nos acercábamos sin precauciones, porque no tenían fuerzas ni movimiento para volar, y los aprisionábamos con las manos sin hacerles daño, para llevarlos a calentar al fogón de la cocina.
¡Y cuántas veces al tocarlos se desprendían de las ramas al suelo, como hojas secas que el simple tacto arranca, pues estaban exánimes hacía muchas horas, manteniéndose de pie con la inmovilidad y la actitud en que los sorprendió la ráfaga mortífera. Al pie de los grandes árboles y alrededor de los troncos, el suelo se hallaba sembrado de cadáveres de los que no pudieron siquiera prolongar la vida al amparo de una techumbre de zarzas, y el viento los derribó desde las copas donde hallaron tumba a la intemperie.
Para descubrir a muchos de ellos teníamos que entrar todo el brazo en los agujeros que abrieron al caer sus cuerpos dentro de la blanda pero espesa nieve que tapizaba la tierra, sin más mortaja que su espeso plumaje multicolor y levísimo, como el soplo de vida que animó sus formas diminutas.
Algunos, los que pudieron salvarse,antes de huír de nuestra presencia,volaban a posarse sobre nuestras cabezas y nuestros hombros, como implorándonos un abrigo, aún a riesgo de encontrar una muerte más dolorosa, como esas vírgenes indefensas, asediadas por el seductor tenaz, que se arrojan en sus brazos librando a su propia inspiración la guarda de su pudor y su inocencia.
Así caían sobre nosotros, desarmados por la compasión, los cubríamos con nuestras ropas, y ellos se escurrían por entre los pliegues y se apretaban dentro de los bolsillos. Ningino fue sacrificado, por más que nosotros salíamos a eso, y la única crueldad era para los más hermosos,para los que sabían cantar: reducidos a prisión perpetua dentro de una jaaula, donde si bien gozabande calor y cuidados, sufrían la muerte lenta de la nostalgia de los bosques nativos; así, la libertad es el ambiente de la naturaleza, y todos los seres nacidos para ser libres se sienten dichosos de morir bajo el furor de sus inclemencias, antes que vivir esclavos, aún dentro de mansiones de oro y pedrería, y envueltos en dorados ropajes y en atmósferas de perfumes.
Joaquín V. González.
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