En los huecos que tienes entre tus clavículas
como si fueran cuencos de una sunamita
juntaste el agua de tus propias lágrimas
y me vaciaste el cielo de colores.
Extendiste tus manos hacia el cielo.
te miraste los dedos, las cutículas
e hiciste una relexión sobre la vida
que sólo tiene una medida desmedida..
Reclamaste cansancios inmolados
y pagaste tus diezmos atrasados
resarciste mis besos con sonrisas
y apagaste los fuegos de mil ósculos.
Refrescaste en tu mente las memorias
y olvidaste de pronto los recuerdos.
Desandaste caminos ya olvidados,
perdonaste mil traiciones, mil oprobios
y rechazaste de plano mil perdones.
Fuiste niña otra vez, de nuevo te casate,
y tuviste a tus hijos, los criaste,
pero los vientos fugaces del verano
se llevaron consigo las coronas.
Y el verano pasó. Vino el otoño
Y otra vez el invierno, regodeándose.
Como en un film pasaron estaciones,
todo se repitió, pesadamente,
y hoy te encuentras, de pie, súbitamete,
parada en el desierto... y en la noche.
Bentancor Conde, María.
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