Llueve.
Llueve y siento en cada gota tus pisadas
con aquél cansancio inmenso que traías
cuando llegabas a la casa, distraído.
Y tirando tu chaqueta a un lado,
te deshacías en besos que brotaban
como brotan estas lágrimas del cielo que me mojan
y me recuerdan cuánto te quería.
Me desplomo.
Veo pasar las nubes más arriba,
y más allá una nube negra se desplaza
como si fuera dibujando los recuerdos
sobre un telón azul sin dobladillos.
Por los dobleces de nuestras dobles vidas,
y la simpleza de la cobardía
de no decirnos nunca las verdades
porque de ser verdades, sí dolían.
Y nos quedamos solos.
Nos quedámos atónitos y raros
en el glaciar de la melancolía
y no hubo cinceles ni guadañas
que rompieran el hielo de la propia agonía.
La que uno elegía cada día.
Bentancor Conde, María.
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